Ellas, el sustento de magníficos dramas rurales perpetuos I Agustí Guerrero


Personajes femeninos que invitan a releer, una y otra vez, la obra de Lorca


Lo que yo quisiera es que esto fuera cosa de un día. Que enseguida tuvieran dos o tres hombres. Así expresa el padre de la novia el simple deseo de tener nietos en la feroz tragedia Bodas de sangre (García Lorca, 1933). Sin embargo, la inquietante respuesta de la madre del novio alude directamente al universo de complejidad de sus arrebatadores personajes femeninos:

Pero no es así. Se tarda mucho. Por eso es tan terrible ver la sangre de una derramada por el suelo. Una fuente que corre un minuto y a nosotros nos ha costado años. Cuando yo llegué a ver a mi hijo, estaba tumbado en mitad de la calle. Me mojé las manos y me la lamí con la lengua. Porque era mía. Tú no sabes lo que es eso. En una custodia de cristal y topacios pondría la tierra empapada por ella.

Aun consciente del sufrimiento que puede causar la maternidad, el deseo más anhelado de Yerma (García Lorca, 1934) es tener un hijo. Ese mismo espíritu de sacrificio y desolación que eleva la mujer a un ser mitológico es hermoso por la fuerza que desprende, pero a la vez, una terrible condena. La condena de Yerma está a otro nivel porque en este caso la infertilidad de su marido no le permite experimentar ni el dolor ni la dicha de su razón de ser. De hecho, Yerma mataría por estar en el lugar angustioso de aquella madre del novio en pedazos: Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos y cuando no los tiene se le vuelve veneno, como me va a pasar a mí.

No deja de ser fascinante que casi un siglo después, estas mujeres a las que nadie miraba (Abril Camino, 2018) sigan generando interesantes análisis y nuevas obras de arte. Pero por encima de todo está el placer de descubrirlas, releerlas o volver a contemplarlas en una sala de teatro gracias a la obra de un autor que las hizo inmortales.

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