Más allá de nuestra piel | Agustí Guerrero


Pequeña aproximación a La piel que habito (2011), de Pedro Almodóvar


Casi una década después de su estreno, las notas de su fascinante banda sonora siguen arrastrándonos a revisitar un film que todavía sorprende por la extrema y a la vez calculada fuerza de sus personajes, la mayoría dispuestos a atravesar el umbral de la autodestrucción en una desesperada búsqueda de sus pasiones internas y, sobre todo, la reafirmación del verdadero yo que subyace tras múltiples capas artificiales, de las cuales forman parte incluso la propia piel.


Incluso la estructura narrativa de La piel que habito (Pedro Almodóvar, 2011) se mueve a través de estas múltiples capas, que con la misma precisión que el bisturí de su maquiavélico cirujano protagonista (Antonio Banderas) desembocan en una escena final inolvidable; tan audaz y arriesgada como la personalidad de sus personajes.


Las primeras escenas muestran una electrizante Elena Anaya prisionera entre los muros de la finca toledana El Cigarral. Aparentemente, el yoga y el arte le han permitido sobrellevar su cautividad en una mezcla de equilibro y resignación. En el otro extremo, asistimos a la aparición del doctor Ledgard, el frío especialista sin escrúpulos dispuesto a experimentar con la especie humana más allá de los límites impuestos por la Medicina.


Esto es solo el punto de partida, pues desvelar más detalles comportaría privar a aquellos que todavía no la han visto del placer de disfrutarla por primera vez. Por el camino, su poderosa estética, ardientes miradas, la destreza en el manejo de los saltos temporales, y el uso de los bellos arquetipos de masculinidad y feminidad del cine negro que también se reinvientan, de nuevo traspasados por una constante en el imaginario de Almodóvar: personajes deambulando en un melodrama, dominados por la fuerza arrebatadora de la pasión.

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